JAMES FARENTINO ESTÁ MUERTO Y ENTERRADO

“Siempre son los demás los que se mueren”
Marcel Duchamp (1887-1968), pintor francés

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James Farentino

El actor James Farentino nació el 24 de febrero de 1938 en el neoyorquino barrio de Brooklyn. Tenía, pues, 43 años cuando en 1981 rodó lo que hoy conocemos como una cult movie, que es un término aplicado con asiduidad (aunque no exclusivamente) a películas que en su momento no vio ni Cristo y que, con el tiempo, una legión de admiradores (a veces apoyados por la crítica especializada) ha elevado a la categoría de obra de culto. La película en cuestión es Muertos Y Enterrados (Dead & Buried, 1981, Gary A. Sherman), y, lo digo ya de entrada, es una rotunda, incontestable, inolvidable obra maestra del cine de terror. Quien la haya visto estoy seguro de que sabe a lo que me refiero cuando hablo de una de las puestas en escena más inquietantes que jamás han asaltado una pantalla de cine. Farentino interpreta a Dan Gillis, el desdichado sheriff de un pequeño pueblo de carretera, Potters Bluff –el nombre, pronunciado en voz alta, ya suena desagradable-, que de repente ha de lidiar con una serie de extraños asesinatos. No creo que nadie pueda negar la poderosa influencia de La Niebla (The Fog, 1980, John Carpenter) que palpita en todo el metraje de Muertos Y Enterrados, hasta el punto de que casi podría considerarse un remake inconfeso: en ambas, una pequeña población sucumbe a la invasión de lo sobrenatural, y, en ambas, la amenaza del más allá se materializa no en un solo ente, sino en un colectivo deshumanizado.

Vi Muertos Y Enterrados con nueve años en una sesión doble de mi pueblo, en un fabuloso cine de casi 900 butacas que, como tantos otros, desgraciadamente hoy ya no existe. La huella que me dejó aquella sesión es tan profunda que, aunque han pasado 30 años, hasta puedo citar la otra película: era Los Caballeros De La Moto (Knightriders, 1981, George A. Romero). En estas tres décadas que han corrido entre aquella sesión doble y el momento en que escribo esto, con cientos (probablemente miles) de películas vistas a mis espaldas, no recuerdo haber experimentado muchas veces una sensación de zozobra tan tenebrosa como la que me produjo aquella película. La copia de proyección, infecta como era habitual en esos cines de pueblo, llena de rayas y de saltos de imagen, ayudaba mucho a generar esa inquietud. La inmersión dentro del ambiente extraño e irreal que hedía de aquel lugar era total, el maldito Potters Bluff era un pueblucho portuario desagradable, verdoso, que parecía surgir del mismísimo infierno, un pueblo donde no te detienes si pasas en coche de día, y que evitas si has de pasar de noche. Qué miedo que daba Potters Bluff, joder.

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James Farentino y Melody Anderson no saben lo que han hecho con sus cuerpos.

Y qué miedo que daban sus habitantes (¿pottersbluffians?). Al principio de la película, se juntaban en la playa para quemar vivo a un fotógrafo que pasaba por allí, y lo que daba grima no era que le quemaran, era que se reunían como si fuera una barbacoa popular (perdón por el chiste) organizada por el ayuntamiento, con una naturalidad que helaba la sangre, como si lo hicieran cada domingo (luego resultaba que sí, que lo hacían cada domingo). Y después, el fotógrafo aparecía majete y rosado, como si nada hubiera pasado, tomando una cervecita en el bar junto al resto de sus (ahora) amigos, que eran los mismos que le habían quemado vivo. Extraño ¿verdad? Oh, sí, Potters Bluff daba muy mal rollo, porque en Potters Bluff pasaban cosas muy raras.

Y el sheriff Dan Gillis, que sería el jefe de un pueblucho de paso pero que no tenía un pelo de tonto, se lo olía (perdón otra vez por el chiste). Porque cuando empiezan a aparecer cadáveres en un lugar de esos donde nunca-pasa-nada, la cuestión es que sí-pasa-algo. Farentino, con este papel, compuso uno de los personajes más trágicos y desoladores del moderno cine de terror, un héroe ciego al que las evidencias de sus investigaciones van encerrando cada vez más, cada vez más, hasta llegar a esa conclusión (que me voy a guardar de revelar aquí por si he despertado alguna curiosidad que lleve a alguien a ver la película) que, sin exagerar, se ha convertido en uno de los desenlaces más insolentemente perfectos que he tenido la oportunidad de presenciar en un cine: no sólo descubre qué demonios está pasando en Potters Bluff, sino que la verdad le implica a él y a su familia de una manera que ni el pobre Dan ni el desprevenido espectador hubieran jamás imaginado [1]. Los que la habéis visto, sin duda, estaréis de acuerdo en la enorme influencia que este twist final, imprevisto y brutal, ha ejercido en el cine de cierto director estadounidense ligado al terror y al fantástico, y especialmente en su éxito más popular y taquillero.

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Muertos y Enterrados

James Farentino murió el 24 de enero de 2012 a causa de complicaciones por una cadera rota. Tenía 73 años. Fue un actor del montón al que casi nadie recordará. Apareció en 89 títulos, pero de ellos, sólo 17 fueron producciones cinematográficas, el resto eran películas o series de televisión. De esas 17 películas, sólo se estrenaron tres en España, al menos hasta donde yo sé. Muertos Y Enterrados aparte, un año antes se le vio en El Final De La Cuenta Atrás (The Final Countdown, 1980, Don Taylor), entretenida película que planteaba una paradoja temporal muy curiosa: un portaviones nuclear viaja en el tiempo y cae justo unas horas antes del ataque japonés a Pearl Harbor, con lo que se abre el debate moral y ético acerca de si intervenir y cambiar el curso de la historia, o dejarlo todo como está en los libros. A finales de la misma década de los años 80 fue secundario en Su Coartada (Her Alibi, 1989, Bruce Beresford), cinta con la que Tom Selleck y su mostacho intentaron dar el salto de la televisión al cine, obviamente sin éxito.

Este año, como cada año, en los Oscars se dejaron algunos nombres en ese momento obligado pero tristísimo en el que recuerdan a la gente que se ha muerto a los largo del año anterior. Olvidos gravísimos, por poner algún ejemplo, fueron los del director griego Theo Angelopoulos (fallecido el 24 de enero de 2012), la diseñadora de vestuario Eiko Ishioka (el 21 de enero también de 2012), o el actor Michael Gough (que murió hace casi un año, el 17 de marzo de 2011). Tampoco se acordaron de James Farentino. Ciertamente, sus logros fueron minúsculos si se los compara con los de cualquiera de los ilustres olvidados antes citados: Ishioka tiene un Oscar al Mejor Diseño de Vestuario por Drácula, de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992, Francis Ford Coppola), y ha paseado sus alucinantes diseños por todas las películas de Tarsem Singh; Michael Gough tiene una larguísima carrera en la que destacan títulos tan populares como Batman (Batman, 1989, Tim Burton) o Top Secret! (Top secret!, 1984, Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker). Y Theo Angelopoulos es quien es. Así que si se tenían que olvidar de alguien, supongo que era mejor que se olvidaran de James Farentino.

Pero yo no olvido al actor que me puso la piel de gallina con esa mirada desorbitada, la expresión desencajada, las manos en descomposición, implorando, suplicando una explicación al final de Muertos Y Enterrados. Apenas entendiendo lo que me contaba la película con ese final, asistí en directo a la peor pesadilla de un ser vivo, un final aterrador y devastador a partes iguales. Nunca he olvidado a James Farentino por culpa de ese final. Y nunca le olvidaré.

Incluso ahora que está, definitivamente, muerto y enterrado.

Notas:

[1]: Vale la pena destacar que esta enfermiza pesadilla fue escrita por Ronald Shusett y Dan O’Bannon, los mismos que dos años antes parieron el guión de Alien, El 8º Pasajero (Alien, 1978, Ridley Scott). Y ya que estamos con la meritología, no quisiera pasar por alto que el director de Muertos Y Enterrados, Gary A. Sherman, es un oscuro director con una filmografía anodina que, sin embargo, en 1988 dirigió Poltergeist III (Poltergeist III), que proponía una idea simple, el mal se esconde en los espejos, explorada de tal manera que conseguía acojonar lo mismo o más que la primera (y excelente) película de la trilogía.[volver al texto]

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