SITGES DÍA 3: FRODO SE HA AFEITADO LOS PIES

Ayer, sábado 6 de octubre, será un día recordado por siempre jamás por hordas de quinceañeras, un día grabado a fuego en sus carpetas forradas con fotos de tíos buenos (¿hacen eso todavía los adolescentes?). El evento Crepúsculo del Sitges 2012 les brindó la oportunidad de estar cerca –relativamente- de uno de los actores de esa saga cinematográfica, un tal Chaske nosequé. Ni siquiera sé si he escrito bien el nombre, pero como quizás ya habrán deducido, me importa un rábano. Asumo que si usted está leyendo esto entonces usted no necesita respiración asistida porque un extra de una película se pasee enseñando los dientes y firmando autógrafos. Si me equivoco, por favor, Super Pop dejó de editarse en papel pero creo –no estoy seguro- que aún tiene edición online. Así que vayamos a cosas un poco más adultas.

Pero no mucho, porque en la jornada de ayer del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya Sitges 2012 no fue el evento Crepúsculo el único que provocó reacciones de entusiasmo descontrolado. Frodo, perdón, Elijah Wood estuvo aquí. Sí, sí, el mismo del anillo, ese que no ha conseguido aún hacer nada decente después de afeitarse los pies. Vino para presentar Maniac, remake del tremendo y brutal clásico de terror de los años ochenta. La película no está del todo mal… pero hay algo en ella que no acaba de encajar. Por una parte hay que reconocer que ha sabido mantener y trasladar al siglo XXI las principales ideas malsanas que caracterizaron la película de William Lustig, y por lo tanto, ideas como la irracional obsesión del protagonista por los maniquíes siguen resultando igual de inquietantes en este remake. Pero creo que el problema de fondo, lo que acaba por distanciar al espectador, es toda la ambición artística y de producción que envuelve la película. Uno de los motivos por los que el Maniac de Lustig funcionaba radicaba en su modestia de medios, lo que la hacía muy sórdida y enfermiza. Su intento de retratar y de sublimar los miedos urbanitas de toda una generación, mediante ese asesino de mujeres que ataca en mitad de la noche pero también en el corazón de la gran ciudad, alcanzaba grandes cotas de convicción porque la película estaba rodada con pocos medios, técnicamente era mediocre, y eso la dotaba de un realismo que a la postre acababa haciendo que el conjunto diera bastante mal rollo. En cambio, el remake es un tour de force estilístico porque el director, Franck Khalfoun, ha decidido rodar casi toda la película en primera persona, desde el punto de vista del asesino y con cámara subjetiva, toda una declaración de principios que rompe, sin embargo, con el mal rollo del original. Hay medios, y se nota, y es que detrás de esta producción está ni más ni menos que Alexandre Aja, así que la ciudad ya no es tan sórdida, es mucho más de diseño. Lustig supo retratar no sólo los miedos urbanitas de los que hablaba antes, sino también lo despiadado que es el monstruo de las grandes ciudades, que de día aparentan normalidad (el protagonista es poco menos que un artista, un restaurador de maniquíes antiguos) pero de noche esconden terribles secretos (el mismo y respetable restaurador saca el cuchillo por las noches para despedazar a sus víctimas). La misma presencia de un actor de renombre, Elijah Wood, interpretando al maníaco del título, tampoco ayuda para transmitir toda la suciedad que la ciudad quiere esconder en la noche, y basta recordar al actor del original, Joe Spinell, un tipo con una cara y una mirada tan desagradables que realmente llegabas a preguntarte si era un actor o era un asesino de verdad. Y desde luego tampoco son suficientes las explosiones de hemoglobina que sacuden el relato: impactan, desde luego, especialmente la que hay nada más empezar la película, pero son asépticas, digitales, en contraste con el gore salvaje y descontrolado que el genial Tom Savini aplicó para los efectos de maquillaje del Maniac original.


También ayer hubo espacio para dos propuestas que coquetean con el leit motiv del festival, el fin del mundo, aunque desde posiciones muy distanciadas. Una es Iron Sky, de la que hablo en este mismo blog en una crítica separada, y la otra es Aftershock, del chileno Nicolás López, en la que un terremoto devasta una ciudad y la consecuencia es que es tomada por los presos que se han escapado de una cárcel. Muy pero que muy lamentable, la película tiene unas deficiencias de guión que me llevan a preguntarme si alguien en su sano juicio se lo leyó antes de alquilar la primera cámara. Para empezar, una obviedad: si tú montas una película sobre los efectos de un terremoto y colocas el terremoto en el minuto 40 de una película que dura 90, es que no tienes ni puñetera idea de cómo llenar los 90 minutos. Y esto es exactamente lo que ocurre aquí: Aftershock es, hasta el minuto 40 –y no es una aproximación, es exacto, es el minuto 40 de verdad- una juerga continua, discotecas, música, ligoteos, diversión, y nada más. 40 minutos para contar nada. Así que cuando llega el terremoto, pues qué quieren que les diga, los protagonistas me importan un pepino porque ya me he dado cuenta de que los responsables no tienen nada que contarme, me están tomando el pelo, están rellenando metraje para alcanzar la duración estándar de 90 minutos. Luego la cosa no es que mejore mucho, estalla la violencia, ya saben, los pandilleros aquellos de las pelis de los 80 que no tenían escrúpulos en ir matando a todo bicho viviente, pues algo de eso hay en Aftershock. Y lo peor es que está tan mal escrita que, en el colmo de la inverosimilitud, se permite un giro copernicano en uno de los personajes que se pasa media película ayudando a los protagonistas para al final ¡zas!, por obra y gracia divina de los guionistas volverse peor que Hannibal Lecter. Evítenla si es que llega a estrenarse algún día.


Por lo demás, desde Hong Kong nos llegó ayer Motorway, una especie de réplica del Drive del año pasado aunque sin nada del peso dramático de aquella. Un entretenimiento discreto pero efectivo. Y la jornada acabó con la española Insensibles, una de las cintas más esperadas del festival si atendemos a la rapidez con que se habían agotado las entradas en la venta anticipada. Con una estructura narrativa demasiado parecida a la de Herois (y con el mismo protagonista, Alex Brendemühl), combina dos espacios temporales diferentes: por un lado nos cuenta la terrible historia de unos niños que no sienten dolor y que son objeto de investigaciones médicas en la España de la Guerra Civil y de la postguerra, mientras que en la actualidad un neurocirujano que necesita un trasplante de médula ósea se adentra en el misterio de estos niños. La verdad es que Insensibles, como propuesta, resulta mucho más sugerente que en su traslación en imágenes, aunque no se le puede negar un rigor cinematográfico y una seriedad en la narración de la que carecen precisamente otros títulos del día como los mencionados Aftershock o Iron Sky. Muy bien interpretada, por cierto, es la producción española más sólida vista hasta el momento en el festival, aunque aún queda mucho por delante y habrá que ver si nos llegan sorpresas.


Ah, se me olvidaba. En una de esas maratones imposibles de la una de la madrugada a la que la mayor parte de periodistas rehusamos asistir para mantener un mínimo nivel de conciencia despierta durante el festival, anoche se proyectó Piranha 3DD, la secuela de aquel remake divertido y sanguinolento que fabricó hace un par de años Alexandre Aja. De ella también hablo más profundamente en una crítica dedicada.

 

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