SITGES 2012 DÍA 5: MIEDOS COMUNES

La jornada de ayer lunes del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya Sitges 2012 nos dejó pequeñas sorpresas y algún truño más o menos cantado. En general, el tono de muchas de las películas que se vieron ayer remitía a la cotidianeidad de personas normales, a sus vidas y a sus miedos. Las dos mejores propuestas del día apelaban de manera indiscutible a un realismo transformado luego por acontecimientos más o menos extraños. A primera hora de la mañana (y cuando digo esto me refiero a las 8:30h) Ben Wheatley regresaba a Sitges después del buen sabor de boca que dejó el año pasado con Kill List para presentar Sightseers, una macabra comedia acerca de una pareja de origen humilde que decide emprender un viaje en auto caravana por el norte de Inglaterra. Sin quererlo (al menos en un principio), se convierten en una pareja de asesinos en serie que descubrirán a través de sus asesinatos las partes más oscuras de cada uno de ellos. Sightseers es una cinta realmente curiosa que se detiene en detalles personales de la vida de los dos protagonistas que nos retratan un mundo de clase obrera con problemas cotidianos y discusiones mundanas. La verdad es que por momentos parece una película de Mike Leigh, aunque el humor negro que hace acto de presencia en cuanto comienzan a multiplicarse los asesinatos no sea precisamente algo muy característico del sobrevalorado director británico. En su tramo central, Sightseers se vuelve mecánica, puesto que el espectador un poco avezado no tendrá problema alguno en ir por delante de la narración: cada vez que alguien molesta a uno de los protagonistas sabemos que se “impartirá justicia” con su asesinato. Sin acabar de explicar del todo bien el por qué a veces asesinan a personas que no les habían molestado (el escritor que hacía fotos a su perro, por ejemplo), Sightseers sí que bucea con convicción en los miedos mundanos de los dos protagonistas, y se permite un final antológico por sarcástico y por inesperado.


La otra película de ambiente realista, y qué ambiente, fue Citadel, que nos sorprendió a todos por su asfixiante diseño de producción: todos los decorados usados en la película son de un barrio obrero medio destruido, sucio, enfermizo, repleto de pobreza y de miseria, material de derribo humano. En este ambiente se sitúa la tragedia del protagonista, un joven que ve como unos niños asesinan a su mujer justo cuando estaba a punto de dar a luz. Los médicos salvan a la niña, pero el pasado parece no querer dejarle en paz ya que los niños del barrio, los mismos que asesinaron a su mujer, parece que ahora quieren llevarse a su hija. Un cura medio loco parece tener la clave de todo el asunto. Lo realmente inquietante de Citadel es que, en su primera mitad, no deja de ser un drama que subraya la miseria provocada por la crisis económica, que se ha llevado por delante vidas y barrios enteros, pero a partir del asesinato de la enfermera y la escena en el autobús lo que irrumpe de manera abrupta en la película es el género fantástico, más concretamente el de terror, ya que los niños son realmente lo que el cura loco dice que son, una especie de demonios siniestros que asesinan gracias a su capacidad para oler el miedo de las personas. Con estas armas, Citadel deviene no sólo una interesante reflexión acerca de la importancia que tiene el miedo en nuestras vidas, sino un aterrador cuento acerca de los devastadores efectos de la crisis económica sobre las ciudades, donde han proliferado barrios desahuciados como el de esta película, unos efectos que en Citadel están sublimados en esos niños demonios de diseño más que inquietante. La asfixia que transmiten todos los escenarios de la película (excepto el piso de la enferma, remanso de paz y tranquilidad) se va haciendo cada vez más sólida hasta desembocar en el asalto final al edificio donde murió la mujer del protagonista, una extensa y casi insoportable secuencia de más de quince minutos que es de lo más pavoroso visto en cines desde el tramo final de The Descent.


Entre las sorpresas de ayer también es obligado destacar Safety Not Guaranteed, una deliciosa comedia en la que tres periodistas (un redactor de una revista y dos becarios) han de investigar al responsable de un anuncio en el periódico en el que busca un colaborador para hacer un viaje en el tiempo. La relación que se establece entre la joven becaria y el supuesto científico no esconde el interrogante sobre si se trata de un loco o si realmente ha inventado una máquina del tiempo, interrogante que no desvelaré pero que ya avanzo que sí, se resuelve al final, y es que en esta película no está involucrado nadie de Perdidos, afortunadamente. Por otro lado, las tramas paralelas del re-encuentro del periodista con un amor de juventud y de la virginidad del otro becario están tratadas con un adecuado sentido del humor muy natural, nada forzado. Cine indie del bueno, para hacernos una idea en la línea de Pequeña Miss Sunshine, aunque sean dos películas que no tengan nada que ver más allá de su adscripción a este cine llamado independiente. Además, por si acaso había algún reticente que viendo la película aún no había sucumbido a sus encantos, el final de Safety Not Guaranteed está directamente diseñado para robarnos el corazón, un desenlace emocionante de una belleza que me parece indiscutible.


Hubo también ayer momento para disfrutar de uno de los grandes actioners de este 2012, The Viral Factor, aunque como hablo extensamente de ella en mi crítica de la revista Contrapicado os remito a ella para no repetirme.

En cuanto a los truños cantados, pues qué quieren que les diga, si alguien esperaba algo de una película de Rob Zombie que se lo haga mirar. El polifacético director hace tiempo que perdió el rumbo, concretamente desde que abandonó ese sello personal que caracterizó sus dos interesantes primeras incursiones en el celuloide, La Casa De Los 1000 Cadáveres y Los Renegados Del Diablo, y abrazara el cine de terror más mainstream con sus lamentables versiones de La Noche De Halloween y ¡¡Sanguinario!! (Halloween II). The Lords Of Salem tiene una factura impecable, casi clásica, pero hace aguas en el guión porque lo que cuenta se puede explicar en 15 minutos y Zombie lo estira hasta lo indecible. Además, todo es de un previsible que espanta, sin el menor aliciente por lo menos para el aficionado al género de terror. Ecos de La Semilla Del Diablo (sí, a estas alturas), y nada de la fiebre iconoclasta que se le supone a Zombie a excepción de alguna imagen puntual en sus escenas finales. Una cinta inofensiva.

La sección de truños se completaría por la tarde con uno de los pestiños más impresionantes que han pasado por este festival, Animals, una bazofia catalana que no cuenta absolutamente nada como no sea una historia de descubrimiento de la homosexualidad en la juventud que, a estas alturas, no sé si su director pretende que sorprenda o que emocione porque este tipo de angst con acné está muy trillado. Pedante e incomprensible, se contempla con un rictus de espanto ante la poca vergüenza de sus responsables: el protagonista es un chaval con sus primeras pulsiones homosexuales que habla en catalán con un oso de peluche imaginario con una ridícula voz… ¡en inglés!, su hermano mayor es un Mosso d’Esquadra que no le quita un ojo de encima, y su mejor amiga está enamorada de él en secreto. El colmo de la originalidad. Eso sí: nos quedó muy clara la metáfora del primer beso homosexual, en el que el protagonista recibe al mismo tiempo un corte en el brazo. La sangre del virgo mancillado, qué listo y qué ocurrente que es el director, bravo por él. Y por último, para acabar el día y en sesión de madrugada, más truños: Lovely Molly, aunque de nuevo para no repetirme remito al análisis disponible en este mismo blog.

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