SITGES 2012 DÍA 8: SE AGOTAN LOS CARTUCHOS Y AQUÍ NO MATAMOS A NADIE

Pues sí, entramos en la recta final del festival y se disparan los últimos cartuchos, las últimas oportunidades para redimir a una edición que francamente está sorprendiendo por la mediocridad de la inmensa mayoría de propuestas presentadas. Ya habrá tiempo para hacer balance global cuando termine, pero las esperanzas que teníamos puestas ayer jueves en tres de las películas más esperadas, Sinister, The Tall Man, y A Fantastic Fear Of Everything, se saldaron con tres rotundas decepciones.


Sinister tenía pinta de que nos lo iba a hacer pasar muy mal. El trailer, si tienen la oportunidad de revisarlo antes de ver la película, verán que da mucho, pero mucho miedo. Se respiraba Insidious en el ambiente, y la presencia de un actor solvente como Ethan Hawke ayudaba a que la predisposición fuera favorable. La película es ciertamente como su nombre indica, siniestra, y de hecho empieza bastante bien, enseñándonos un macabro asesinato en el que cuatro miembros de la misma familia son ahorcados en un árbol en el jardín de la casa a la que se muda la familia del personaje de Hawke, Elliot, que es un escritor que investiga casos reales de asesinatos. En el desván de la casa, Elliot descubre unas cintas de Super 8 en las que hay grabados varios asesinatos de varias familias que, en principio, no tienen conexión. El problema de Sinister es que se pasa más de media película mostrando estos asesinatos y las excursiones nocturnas de Elliot por la casa asustado por ruidos y presencias extrañas. Eso es mucho tiempo, así que la película es esencialmente monótona. Luego, cuando la cosa empieza a moverse, Sinister es mucho menos sinister de lo esperado, y de hecho, como muestra, un dato: en la proyección matinal de la película, absolutamente ninguno de los sustos provocó en el Auditori –casi lleno del todo- el clásico grito colectivo de espanto que luego viene seguido de risas nerviosas y auto-aplausos, tal y como ocurrió por ejemplo con esa obra maestra del cine de terror que es la ya citada Insidious. Sinister no da nada de miedo, ni con sus sustos –previsibles y muy, muy mecánicos- ni con su argumento, que, por cierto, es realmente interesante pero requería quizás de otro enfoque en su escritura. Ni el buen hacer de Hawke ni la oscuridad de algunos momentos y especialmente de su conclusión pueden sin embargo levantar una película que cuando va por la mitad ha conseguido adormecer a medio Auditori.

El francés Pascal Laugier presentó ayer en sección oficial a concurso, y bajo pabellón canadiense y estadounidense, la película The Tall Man, protagonizada por Jessica Biel. La decepción, en este caso, viene provocada por el desajuste que nos encontramos entre lo que la película aparenta que es y lo que es realmente. Todo en ella, desde el cartel hasta el trailer pasando por las notas promocionales, indica que estamos ante una película de terror. También lo indica su primera mitad, más o menos, que se mueve dentro de las coordenadas del género fantástico aunque en realidad no nos enseña casi nada: en una pequeña población deprimida por la crisis económica y repleta de pobreza, hace años que los niños desaparecen sin dejar rastro y los lugareños le echan la culpa a una figura, el tall man del título, que supuestamente es quien se lleva a los niños. Pero resulta que oh, no, estamos en el terreno de la post-modernidad, un poco a la manera de otra película vista en Sitges este año, The Cabin In The Woods, así que lo que parecía una película de terror se transforma –de una manera que no puedo desvelar por razones obvias- en una suerte de drama social con cierto componente polémico, lo que supone, a mi modo de entender, un fraude al espectador debido a lo que comentaba antes, que The Tall Man se vende como una cinta de terror. Laugier se está convirtiendo en todo un experto en esto de los fraudes: su debut, Martyrs, era otro fraude, quizás mucho más grande, en el que se profundizaba en una supuesta historia extrema que desembocaba en una narración sin sentido que no iba a ninguna parte y que no ofrecía ni la mitad de salvajismo de lo que prometía.


A Fantastic Fear Of Everything es, por otra parte, el enésimo one-man-show de Simon Pegg, actor que cuando está bien dirigido o cuando se involucra en guiones inteligentes puede dar mucho de sí. Por desgracia, esta película ni está bien dirigida ni tiene un guión bueno. En cuanto a la dirección, qué quieren que les diga: Pegg está descontrolado, campa a sus anchas por los fotogramas con su histrionismo cool y moderno que a los cinco minutos ya se hace insoportable. En cuanto al guión, no hay mucho que rascar: aburrido, repetitivo, sin la menor gracia a la hora de lanzar gags ni tampoco a la hora de plantear situaciones, empieza bien porque la idea de partida es buena –un hombre paranoico que cree que constantemente alguien le quiere asesinar-, y algunos de sus primeros chistes son ocurrentes, pero se le acaba la gasolina enseguida y es entonces cuando empiezan a repetirse los chistes y las situaciones y todo se vuelve realmente pesado. Este descenso cada vez más inaguantable termina en un lamentable pozo sin fondo en el que el supuesto asesino de la película termina siendo un inofensivo corderito y el protagonista le cuenta un cuento para ayudarle a descubrir su yo interno. Espantosa.

El día por lo menos nos dejó una película bastante notable, la española Invasor, aunque de ella hablo más a fondo en la crítica publicada en la revista Contrapicado.

 

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