SITGES 2012 DÍA 9 / DÍA 10: FIN DE FIESTA DESLUCIDO

Recta final del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya-Sitges 2012… y final de fiesta bastante deslucido y lamentable. Porque acabar el festival con una sesión sorpresa como Spring Breakers y sobre todo con una maratón sorpresa dedicada al dichoso –y a estas alturas irritante- found footage con tres propuestas de las que sólo se salva una, pues qué quieren que les diga, no es precisamente una manera de terminar el festival en plan fuegos artificiales y éxtasis final.

Aunque antes de entrar con este triste final, sí que hay que destacar que el último viernes nos dejó dos de las mejores películas vistas este año en Sitges… si no las dos mejores. Y que la que claramente es, esta sí, la mejor película proyectada en todo el festival, se haya encajado en la sección Seven Chances –una de las menos transitadas-, demuestra que hay que estar muy alerta y escudriñar con atención toda la programación porque la sorpresa puede saltar en cualquier parte. Warrior es un drama pugilístico de inesperada solidez que presenta tres personajes principales sumidos cada uno de ellos en su propio infierno: un padre –extraordinario Nick Nolte que mereció una nominación al Oscar por este papel- ex-alcohólico que provocó el abandono de su esposa y uno de sus dos hijos, y precisamente sus dos hijos, el que huyó con la madre que ahora vuelve para intentar ganar un torneo de artes marciales mixtas –una especie de boxeo donde también se pueden dar patadas y se puede reducir al contrario en plan Pressing Catch- y así poder saldar con el premio una deuda no económica sino moral, y el otro hijo, un profesor que tiene graves problemas financieros y está a punto de perder la casa. Ninguno de los dos hijos quiere saber nada ni del padre ni del hermano, en un triángulo tenso e incómodo que se convierte en el eje central de la película. La violencia en Warrior tiene un componente terapéutico puesto que ambos hermanos, como el espectador sospecha desde mucho antes del desenlace, acabarán enfrentándose en la final del torneo. Es uno de los momentos más angustiosos del último cine estadounidense, los dos hermanos liberando sus demonios personales mediante la destrucción del otro y ante la mirada del padre. Un cénit de la narración cinematográfica que corona una película extraordinaria, densa en su contenido pero fluida en su narrativa hasta el punto de que sus más de dos horas y cuarto no se hacen pesadas en ningún momento. Una obra maestra indiscutible.


Por otra parte, la ganadora de la sección Panorama, Tower Block, presenta una situación carpenteriana resuelta con brillantez de ideas y con una tensión que la convierten en una de las mejores películas del año. De ella hablo más extensamente en mi crítica publicada en la revista Contrapicado.

El último día del festival comenzó sin pena ni gloria con la proyección de la película de clausura, Looper. Correcto thriller futurista, peca de exceso de ambición al intentar crear la película de-fi-ni-ti-va sobre viajes en el tiempo, pero fracasa en ese empeño porque se pierde en una trama de acción que deja en una mera anécdota todo el tema temporal. Por otra parte, los ecos de Terminator resuenan en esa trama mientras vemos como la misión del personaje que interpreta Bruce Willis, venido del futuro, es la de asesinar a un niño que se convertirá en el futuro en un siniestro líder. El paso del cine independiente al cine mainstream no le ha sentado nada bien a Rian Johnson, que con Brick demostró mucho mayor acierto a la hora de definir un argumento con puntos de interés. Looper es, no obstante, un correcto entretenimiento que se deja ver sin molestias aunque realmente nada en ella sea digno de mención.


The Thieves
se proyectó inmediatamente después como clausura de la sección Casa Asia y avalada por ser la película más exitosa en la historia de Corea del Sur, habiendo recaudado más dinero incluso que Avatar. La cinta es una especie de Ocean’s Eleven en la que una banda de ladrones de alto standing ha de afrontar la ejecución de un complicado golpe y la amenaza de traiciones internas. No se le puede negar a la película una factura impecable, pero su duración es a todas luces excesiva y por momentos cae en el aburrimiento. Eso sí, tiene unas secuencias de acción brillantes que hacen palidecer las de la mayoría de películas similares estadounidenses, en particular una impresionante persecución en la que los personajes van saltando por la fachada de un edificio aprovechando cualquier cosa que les sirva para no caerse, desde aparatos de aire acondicionado hasta salientes de cristal. Inolvidable.


Y por la noche llegó la riada de sorpresas, porque el festival programó seguidas una sesión sorpresa y una maratón sorpresa. Es de agradecer, lo digo de entrada, que el festival deje para el último día estos regalos en forma de sesión sorpresa (y sería más de agradecer si, como se hacía hace años, no se desvelaran los títulos antes de la proyección y se dieran pistas a lo largo de la semana), con lo que, como reconoció Ángel Sala en la presentación del certamen, se cubría un hueco, el del último sábado, en el que el interés había decaído enormemente debido a que el grueso del festival ya estaba finiquitado. Sin embargo, y entrando ya en concreto con las películas sorpresa, parece bastante contradictorio que la sesión sorpresa estrella, la que cada año nos depara Sitges, se rellene con una película como Spring Breakers. Al margen de su dudosa calidad, no parece muy lógico que la película sorpresa de un festival con la palabra “fantástico” en su nombre sea una cinta como la de Harmony Korine, muy alejada en concepto y en estilo al género al que supuestamente se dedica este festival. Spring Breakers es una chorrada en la que cuatro bellas universitarias deciden cometer un robo para poder disfrutar de las vacaciones de primavera del título, vacaciones en las que conocerán a un peligroso personaje que les llevará a cometer más delitos. Korine pretende con este argumento reflejar la perdición y el fracaso de toda una generación dedicada al ocio y al sexo en la que conceptos como esfuerzo o responsabilidad no tienen el menor significado. Loable intento que se salda con un lamentable fracaso por el enfoque artístico escogido por Korine, a medio camino entre el softcore –abundan los primeros planos de tetas y de culos, así como las referencias sexuales de todo tipo- y la pretenciosidad más despreciable del cine indie –repetición inexplicable de diálogos, voces en off que pretenden darle más importancia a la narración, etc.-. Un experimento fallido.


Y la maratón sorpresa, colofón del festival, desveló por fin todo su arsenal, que se quedó en casi nada. Salió Ángel Sala y nos explicó que las tres películas eran found footage. Pues empezamos bien. Pero ¿no se hizo ya el primer día una maratón dedicada a este lamentable sub-género? ¿Y no se da cuenta Sala de que estamos muy pero que muuuuuuuuy cansados de este tipo de películas? La primera de las tres, asumo que “la gorda” a la que Sala hizo referencia en la misma rueda de prensa de presentación del festival, era Paranormal Activity 4. Sí, no es un error, esa es “la gorda”, pero la explicación es muy sencilla: se trataba de una premiere mundial ya que la película no se había exhibido en ninguna parte (exceptuando un work-in-progress que se pasó hace pocas semanas en el Fantastic Fest). De entrada, vale, era la primera exhibición, pero la excusa es risible teniendo en cuenta que la película se estrena mundialmente… ¡el próximo viernes! Y de salida, ¿qué más da que sea una premiere mundial? No es de recibo que un festival como este coloque como película estrella de una maratón sorpresa un bodrio tan espantoso, la cuarta parte de una saga execrable y repugnante que no ha dado absolutamente nada al género como no sea popularizar el género del found footage que tantas malas películas ha provocado en los últimos años. También resulta como mínimo curioso que el propio Ángel Sala, en la presentación de la película, la califique como “el futuro del terror”. Se me antoja incomprensible que un profesional de su categoría vea en este zurullo cinematográfico nada de “futuro”, como no sea que en el Auditori del Meliá había responsables de su distribuidora, Paramount, muy atentos a la reacción del público que fue además grabado para los consabidos trailers en los que la audiencia chilla y se tapa los ojos. Por lo menos estoy seguro de que yo no saldré en esos trailers: si me grabaron, lo único que vieron era mi rostro aletargado, aburrido, somnoliento, bostezando y aburriéndome.


La segunda película de la maratón, End Of Watch, por lo menos traslada el found footage al género policiaco y nos muestra las vicisitudes de una pareja de policías mientras apatrullan la ciudad. El problema, como casi siempre con este género, está en los límites autoimpuestos por el mismo formato: al ser todo grabaciones supuestamente “reales” hay que justificar cada plano, cada escena, cada secuencia, desde un punto de vista “realista”, es decir, las grabaciones siempre tiene que hacerlas alguien, no existe narrador omnisciente y por lo tanto las licencias narrativas son mínimas. Esto limita tanto el alcance de lo que se puede mostrar como los propios mecanismos internos de la narración, que se ve obligada a prodigarse en escenas cotidianas (bodas por aquí, conversaciones triviales por allá) que redundan en un aburrimiento supino. Muy pocas películas han sabido sacar partido de este formato, y desde luego End Of Watch no es una de ellas por mucho que tenga momentos puntuales de indudable interés (el tiroteo final, por ejemplo).


Para acabar la maratón sorpresa, por lo menos la organización del festival tuvo la decencia de recuperar una película que se programó las dos primeras noches del festival en sendas maratones imposibles de esas que acaban a las tantas (como esta, vamos): The Bay. El interés principal de este found footage reside en el nombre de su inesperado director, Barry Levinson, muy conocido por sus películas “de prestigio” (suyas son Rain Man, El Hombre De La Lluvia, Good Morning, Vietnam o Sleepers, por poner tres ejemplos), enfrentado aquí a una cruda cinta donde el componente sangriento es bastante perceptible. La verdad es que The Bay consigue generar mal rollo con la explicación pormenorizada de una infección mortal causada por un parásito en una pequeña población de Maryland. Tiene menos sangre de lo esperado, pero el resultado es aceptable porque, sin superar ni mucho menos las limitaciones del género a las que aludía antes, por lo menos mantiene el tipo con una sombría ambientación y un desarrollo argumental creíble dentro de los márgenes en los que se mueve la película.

 

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